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Buceo en Icebergs

Sumergiéndonos en el mar de los Inuits

Los inuits la denominan Kalaallit Nunaat o la tierra de las personas. Para nosotros es “La Tierra Verde”, pues eso es en realidad lo que significa el nombre de Groenlandia.

Sin embargo, conociendo un poco la geografía de esta inmensa isla, u observándola a vista de pájaro, seguramente a más de uno le extrañaría esta denominación y le parecería quizás más apropiado llamarla “Tierra Blanca”. Habida cuenta de que más de un 80 % del país está cubierto por una colosal capa de hielo.
El indlandsis, o hielo interior si lo tradujéramos del danés, tiene una extensión de más de 1,7 millones de kilómetros cuadrados. En algunos puntos, se eleva a más de 3000 metros por encima del nivel del mar. Es la segunda reserva de hielo más grande del mundo, únicamente superada por la Antártida.

Glaciar en Groenlandia

Sólo están libres de este manto blanco las zonas costeras, donde predomina una vegetación de tundra baja relativamente pobre, con árboles muy escasos, pequeños o totalmente ausentes.
¿De dónde proviene entonces su nombre? Fueron nada menos que los Vikingos quienes bautizaron a la isla más grande del mundo.
Dos obras importantes de la literatura medieval vikinga: la saga de los groenlandeses y la saga de Erik el rojo, cuentan cómo este último, allá por el 982 d.c., es desterrado de Islandia por un asesinato. En su retiro forzado, recala y explora la zona sur de Groenlandia. Tras cumplir su condena y regresar a Islandia, trata de reclutar voluntarios para la colonización de este territorio virgen. Llamarlo Grønland o tierra verde, parece una buena estrategia de marketing.
Otra teoría dice que en aquella época las condiciones climáticas atravesaban por un período mucho más benigno y realmente eran tierras más fértiles y verdes.

Las condiciones meteorológicas tan duras, la limitación de tierras habitables y los escasos recursos, hacen que la densidad general de población de Groenlandia sea sumamente baja y la mayoría del territorio permanece como zona “salvaje”.
No existen carreteras que comuniquen las pocas ciudades o poblaciones, el principal medio de transporte es el aéreo y el marítimo. Este último, transcurre entre laberínticos fiordos rodeados de montañas y salpicados en ciertos tramos por icebergs. En ocasiones tan abundantes que dificultan la navegación.

¡Un terreno abonado para la aventura y el descubrimiento!

Groenlandia

Son muchas las actividades relacionadas con la naturaleza y el deporte de aventura que se pueden llevar a cabo en Groenlandia.

Recorrer sus agrestes y solitarias montañas, contemplando unos paisajes espectaculares que te harán sentir en contacto íntimo con la naturaleza. Sin aglomeraciones, sin ruidos, a muchos kilómetros de la contaminación y el ajetreo de las grandes ciudades. Apartado del mundo por unos días.
Pescar en lagos de montaña y saborear sus deliciosos salmones y truchas.
Subir a un glaciar, pertrechado con unos crampones, para pasear por sus hielos milenarios. Asomarte a sus grietas infinitas y de miles de tonalidades de azul, blanco y gris.
Desplazarte por los mágicos fiordos al ritmo tranquilo y pausado que te proporcionan los remos de tu kayak. Desembarcar en tranquilas y bonitas ensenadas donde acamparás al lado del mar. Los abundantes ríos y arroyos saciarán tu sed con su agua pura.
Incluso puedes conocer in situ, visitando los restos del primer poblado de Brattahlid  (la actual Qassiarsuk), la historia de los vikingos que se asentaron en este remoto lugar en el siglo X. Lugar que tiene el honor de haber albergado la primera iglesia cristiana del continente americano. Así como de haber sido el punto de partida para el descubrimiento de América anticipándose unos 500 años a Cristóbal Colón. Pues Leif Erikson, el hijo de Erik el rojo, visitó las costas de Terranova y Labrador en el año 1000.

Tienes también la oportunidad de aprender acerca de la curiosa cultura inuit, ver cómo se las ingeniaban para sobrevivir en unas condiciones tan inhóspitas, probar sus comidas típicas como la carne de foca hervida o su preciado mattak, piel de ballena cruda con una fina capa de grasa. En el pasado fuente fundamental de vitaminas.
Descubrir cómo ya hace más de 4000 años, los inuits inventaron el Kayack. Construían un armazón de madera revestido con pieles, hecho a medida del tripulante. Confeccionaban lo que hoy conocemos como cubrebañeras para evitar la entrada de agua. Y protegían su cuerpo del frío y del agua con los anoraks impermeables hechos de piel de foca. Curiosamente las dos palabras, kayack y anorak, las importamos de su cultura.

Kayacs en Groenlandia

Hay quien afirma que la zona sur de Groenlandia es uno de los mejores lugares del mundo para observar auroras boreales. A partir de mediados de agosto, cuando la noche empieza a ganar unas horas a los largos días del verano ártico, puedes disfrutar de este increíble espectáculo.

Todas estas actividades son de por sí muy sugerentes. Pero quisimos ir un poco más lejos y nos preguntamos ¿qué es lo que pueden esconder sus aguas? ¿Qué tipo de vida albergan? ¿Cómo serán las características del buceo? Y allá que fuimos, a encontrar respuesta a estas preguntas.

Muy poca gente ha tenido la oportunidad de conocer los fondos marinos de Groenlandia que permanecen prácticamente vírgenes e inexplorados. Debido a su aislamiento, la falta de infraestructuras y las condiciones extremas de su clima. 

La temporada más óptima para sumergirse, coincide con los meses de verano, cuando las aguas de los fiordos permanecen descongeladas y predominan las horas de luz. Además, la temperatura exterior es bastante agradable, en una media de unos 15 º.
En realidad, las condiciones para el buceo en este periodo no son del todo malas. Las aguas encajonadas de los fiordos son habitualmente tranquilas, salvo cuando soplan los vientos procedentes del inlandis, conocidos como foem (debido a que se producen por el efecto Foem) que pueden provocar auténticos temporales. La visibilidad bajo el agua puede variar entre los 10 y 20 metros, bastante aceptable. Son muy poco habituales las corrientes. Las inmersiones no suelen ser muy profundas, pues es raro descender por debajo de los 15 metros. Los dos factores decisivos que hacen complicado el buceo en estos parajes son: su aislamiento y la baja temperatura del agua, que oscila entre los 4  -5º C de la superficie hasta los -2 que se alcanzan en zonas de icebergs. Extremando las precauciones a la hora de bucear, ajustándonos más aún de lo normal a los límites de tiempo y profundidad, siendo más conservadores en las inmersiones y equipándonos con el material apropiado, vencemos estos dos inconvenientes y podemos disfrutar de forma segura de todo lo que nos ofrece este buceo de descubrimiento.

Estas temperaturas tan bajas nos obligan a llevar siempre trajes secos. Son trajes especiales diseñados de tal manera que permanecen estancos y no permiten que entre agua en nuestro interior. Nos vestimos por dentro con ropas térmicas y una capa de aire que, obtenemos de la botella, es la que nos aislará de las frías aguas.
Este aire interior que nos sirve de aislante, se comprimirá y expandirá según cambie la presión del agua al descender y ascender. Lo que hace que el manejo de un traje de estas características sea un poco más complicado. Por ello es más que recomendable tener experiencia previa con ellos.

Cascada en Groenlandia

Uno de los puntos críticos en cuanto al frío se refiere, son las manos. Sin la protección adecuada nuestras inmersiones serían tremendamente desagradables e incluso peligrosas. Nos equipamos con guantes secos. Guantes impermeables  que “teóricamente” (no siempre funcionan) no dejan que pase el agua. La mano permanece caliente porque debajo tenemos otro guante térmico que nos protege. También probamos guantes normales de neopreno, tipo manopla, que permiten que el agua fría penetre al interior y esté en contacto con nuestra mano. El calor corporal caldea el agua y mientras esta no circule desde el exterior, mantendrá nuestra temperatura. Es el mismo principio por el que funcionan los trajes de buceo más habituales: los trajes húmedos.
Para aguas tan gélidas el grosor del neopreno está entre 6 y 7 milímetros. Como podréis imaginar una vez que nos los ponemos, nos volvemos un poco torpes con las manos.

La cara queda también expuesta al frío. En principio no es tan preocupante como las extremidades, pero tampoco resulta agradable. Si no llevas protección, sentirás al principio una especie de dolor de cabeza, hasta que tu piel se adapta a la temperatura y desaparece esta molestia.
Existen algunas alternativas para protegerla: máscaras faciales completas que cubren toda la cara. Son costosas y aparatosas. Así que optamos por una alternativa más sencilla y económica, pero también eficaz: una simple capucha de neopreno a modo de pasamontañas, que colocamos debajo de nuestra capucha habitual. Nos cubre toda la cara dejándonos solo un espacio para el regulador y la máscara. No es tampoco muy agradable que digamos pero nos mantiene calientes.

En cualquier caso, limitamos siempre el tiempo de inmersión a unos 40 minutos cómo máximo, para no exponernos a la hipotermia, al tiempo que reducimos el riesgo de la enfermedad descompresiva. Pues tenemoss en cuenta que, una evacuación en un lugar así, puede resultar un tanto compleja.

Después de ver todo este complicado e incómodo equipo que necesitamos, seguro que muchos os preguntáis. ¿Merece la pena? ¿Qué me puedo encontrar allí que compense toda esta preparación y despliegue?

Pues bien, esto es lo que nosotros vimos. La diversidad de especies no es muy grande, pero a veces la cantidad sí es considerable. Por ejemplo, tuvimos la suerte de coincidir debajo del agua con un banco de miles de Amassak (nombre groenlandés del capelín) un pez de aspecto parecido al boquerón que a finales de primavera se acerca en grandes grupos a la costa para desovar y después morir.
Lo que más nos sorprendió es la novedad de los paisajes y las especies que allí observamos, pues muchas de ellas sólo habitan en estas latitudes.
Por todas partes estaban los Kanajok, una especie de pez escorpión parecido a nuestros rascacios. En aguas poco profundas abundaban los curiosos peces espinosos de marea, que tienen aspecto de pequeñas morenas. Observamos también bacalaos árticos y salvelinas, una especie de salmón de gran tamaño. Enormes cangrejos de nieve por todas partes, entre los bosques de laminarias (algas de color marrón que tapizan todo el fondo).  

Raya de Groenlandia
Entre las hojas de estas algas, divisamos caracolas y varias especies de babosas marinas o nudibranquios. En unos días de buceo pudimos identificar hasta cinco distintas de estas últimas. Incluso una sorprendente medusa que vive fija a las hojas de las laminarias.
Vimos muchas focas, pero siempre de lejos y en superficie, son tan elusivas que verlas de cerca o dentro del agua resulta muy complicado.
Tuvimos la fortuna de que una ballena Yubarta pasara por debajo de nuestro barco. Éramos conscientes de que esto no es lo habitual y nos dimos cuenta de la suerte que tuvimos.

Cangrejo de Groenlandia

Las paredes verticales de los fiordos muestran numerosas cavidades o mini grutas cuyas paredes están repletas de grandes mejillones. Siempre resultaba interesante explorar estos recovecos. Especialmente cuando encima de ellos hay una gran catarata, quizás de unos 40 metros de altura, que se desploma al mar.

Nos habían informado de que no hace muchos años, por la zona había un carguero parcialmente hundido pero que los hielos habían acabado por llevar al fondo del mar. Lo buscamos e indagamos para averiguar de qué barco se trataba y conocer su historia. No había mucha información, pero finalmente descubrimos que se trataba del  S/S Montrose, un barco nada menos que de la II Guerra Mundial. Resulta que los americanos instalaron en esa época varias bases militares que servían de apoyo a los vuelos transoceánicos a Europa. Una de ellas estaba cerca, en Narsarssuaq. Este barco transportaba un mineral que se utilizaba para la obtención de aluminio (criolita) y que se extraía de forma natural en un lugar cercano. En su camino a la base, el barco chocó con una roca traicionera cubierta por la marea y quedo allí medio hundido, pero aún visible durante mucho tiempo, hasta que finalmente los hielos lo arrastraron hacia el fondo. Y ahora permanece entre unos 5 y 12 metros de profundidad.  
El pecio se haya muy deteriorado y parte de su estructura está totalmente cubierta de algas. Pero es un lugar muy interesante donde se concentra la fauna. Suele merodear el barco un pez de aspecto un poco cómico que se conoce como Lumpo y del que se obtiene el sucedáneo del caviar. Es tan confiado que prácticamente nos permite tocarlo.

Pero lo que más nos impresionó y se nos quedará grabado para siempre, fue la oportunidad que tuvimos de bucear en icebergs.  Es un todo un lujo poder navegar cerca de ellos deleitándonos con sus variadas y caprichosas formas y colores, pues el hielo según la presión a la que ha estado sometido en su glaciar de origen, puede ser de un azul intenso, transparente, blanco, marrón, gris o incluso negro (por los restos de arena y roca que puede llevar).  Cada uno de ellos moldeado al antojo de los vientos, las olas y el sol.

Navegar en Groenlandia

Contemplarlos debajo del agua, se convierte en una experiencia única.
Alrededor del iceberg la visibilidad se reduce, hay una capa como de aceite que nos nubla la visión y desdibuja el hielo sumergido. Es el efecto de la diferencia de temperatura y salinidad del agua circundante provocada por el deshielo del iceberg.
Cuando nos acercamos hasta tocarlos, todo se ve más claro y podemos apreciar y disfrutar de las artísticas formas que la naturaleza es capaz de crear. Pero hay que actuar con mucho cuidado pues los icebergs son tremendamente inestables. Pueden voltearse, romperse, desplomarse o incluso explotar en cualquier momento. Por eso nos tendremos que conformar con acercarnos a icebergs de pequeño tamaño para evitar riesgos.

No se que pensaréis todos vosotros, pero a nosotros sí que nos mereció la pena y ya estamos planificando nuestra próxima incursión en las aguas árticas de Groenlandia.